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Tras el humo de un misil

Dicen que la primera víctima de la guerra es la verdad. Julio y yo nos fuimos a cubrir la de Irak hace doce años con el idealismo de los 30, decididos a ser los ojos de una guerra a todas luces injusta, como si hubiera alguna que lo es. No nos resignábamos a que la CNN nos contase la invasión de Irak como otro espectáculo de fuegos artificiales, vendiéndonos una conexión inexplicable con los atentados del 11-S y unas supuestas armas de destrucción masiva que, al final, resultó que le había vendido a Irak pieza a pieza países como el nuestro.

 

Han pasado doce años. Julio lo pagó con su vida, tal día como hoy. Yo, con el agujero que me dejó su ausencia. Y sólo ahora empiezo a entender que la verdad, la verdad de lo que pasó ese 7 de abril a las afueras de Bagdad, nunca la sabremos. Se nos dijo que un misil iraquí acertó ese día el centro de comunicaciones instalado por la Segunda Brigada de la Tercera División del Ejército de Tierra a la que acompañaba Julio. Su cuerpo quedó carbonizado, como el de su colega alemán Christian Liebig y el de dos soldados estadounidenses. Sus restos, enredados para siempre en el fragor de otra guerra sin sentido.

 

No necesité saber más. Le había perdido para siempre y eso era todo lo que me importaba. Honrar su recuerdo, cumplir mi promesa, respetar sus deseos, aferrarme a quienes le querían tanto o más que yo para que, entre todos, conserváramos lo más que pudiéramos de él. Impedir que su risa y su energía se disiparan lentamente en la memoria colectiva que entre todos guardamos.

 

Su madre fue más intuitiva. Sospechó desde el primer momento de que tardaran tanto en devolverle el cadáver, de que faltasen sus libretas, de que realmente le hubiese matado un misil iraquí. A todo le encontré explicaciones. Algunas no me atreví a mencionarlas, eran demasiado crueles. Sus libretas debían estar con él. No quedó nada de lo que le rodeaba en ese momento, sólo lo que dejó atrás. Sus restos tuvieron que ser identificados con pruebas de ADN primero en Kuwait y luego en una base alemana, donde se encargaron escrupulosamente de separarlos de sus soldados americanos.

 

Lo sentí por ella, creí que el dolor no le permitía aceptar la realidad. Que buscaba conspiraciones ocultas para transformarlo en rabia. Que una madre nunca puede aceptar la muerte de un hijo. Por eso cuando Craig Pauly compartió con nosotros, hace sólo cuatro meses, un blog en el que un soldado estadounidense ponía en cuestión la versión oficial, mi primer pensamiento fue para ella.

 

Pauly, como otros soldados estadounidenses que presenciaron el impacto del misterioso misil, siempre sospechó que había sido un episodio de “fuego amigo”, el irónico eufemismo con el que se designan los errados ataques militares que acaban matando víctimas inocentes, propias y ajenas. Había mucho que chirriaba en la versión oficial a oídos expertos que no tuvieran que hacer sitio a la razón en medio de tanto dolor. “Fue demasiado certero”, me confesó doce años después. “No venía del frente, sino de atrás”. De haber sido un misil iraquí sería el único de esa guerra -y de la anterior- que hubiera dado en el blanco, justamente el día en que el régimen iraquí se desintegraba y todos los cargos militares corrían despavoridos. “Sadam había lanzado un par de SCUD cuando estábamos camino de Kuwait (en 1991) pero no le dieron a nada”, recordó Pauly.

 

El blog que había colgado con una pudorosa disculpa, de quien sabe que está a punto de resquebrajar la poca paz que haya procurado el paso del tiempo, estaba escrito en 2007. Su autor, Steve Bogucki, un sargento del Ejército, especialista  de los llamados “Forward Observers” que guían los ataques de artillería, trabaja ahora como civil para la Administración Federal de la Aviación (FAA). Cuando escribió la entrada de “El Soldado Educado” que narra “La Destrucción de la Segunda Brigada de la Tercera División de Infantería” era consciente de que esta vez la bomba la lanzaba él. “Lo que voy a contar esta noche puede ser lo más importante que ponga nunca en “El Soldado Educado” sobre mis experiencias en la guerra”, escribió. “También es lo más sombrío”. Y como si fuera una cláusula para expiar responsabilidades, añadió enigmático: “Ciertas ambiguedades en el relato de esta historia pueden demostrarse volátiles. No es mi intención levantar polémica, pero sería ofensivo contar este evento sin incluir todos los detalles, incluyendo algunas turbias conclusiones”.

 

Bogucki había dejado el Ejército después de cuatro años y medio, pero aquel misil que el 7 de abril de 2003 le encontró “relajado” en su Humvee a las 11 de la mañana no había dejado de perseguirle. “Oí en la distancia el sonido de un avión que se acercaba. Este es un sonido con el que estoy muy familiarizado porque a menudo mi trabajo había sido guiar a los aviones que volaban bajo hacia los objetivos en misiones de entrenamiento (…) El rugido del avión se hizo tan intenso y tan próximo que expresé mi frustración ante un piloto tan temerario. Aparentemente mi identificación del avión estaba completamente equivocada, porque en lugar de ello el sonido que se aproximaba acabó en la erupción de una enorme y violenta explosión justo detrás mía (…) Y si bien se me declaró equivocado en cuanto a haber identificado el objeto entrante como un avión, no estoy totalmente preparado para admitir que lo identificase incorrectamente. Me sabe mal continuar cualquier instigación, pero otra cosa que ocurrió ese día me ha dejado, como mínimo, inseguro sobre la verdadera naturaleza de lo que estaba en el aire (…)”.

 

Al final “El Soldado Educado”, convertido en testigo incómodo, prefiere dejar las conclusiones a los lectores porque “amo el Ejército, estoy orgulloso de mi servicio en Irak y deseo volver allí, puede que con los militares”, explica, pero da todos los elementos para que el lector concluya, como él, que era “altamente improbable” que el ataque hubiese sido perpetrado por Irak, incluyendo datos sobre un posible encubrimiento. “Inmediatamente después del impacto oí por radio un mensaje de nuestro equipo de radar de baterías antiaéreas en el que dejaban muy claro que sus ordenadores habían localizado quién o qué había iniciado el ataque. Sin embargo, pasó mucho tiempo hasta que emitieron otra transmisión más amplia. Cuando los técnicos volvieron a hablar por radio, después de esta atípica pausa, rebatieron su declaración anterior e insistieron en que, en lugar de eso, un error había hecho que la fuente del ataque no quedase clara”.

 

Bogucki, que sólo firmaba el blog con la inicial de su apellido, nunca volvió a Irak, sino que se graduó Magna Cum Laude en Estudios Internacionales y Religiosos en la Universidad de Florida. Pauly dio con su blog mientras buscaba averiguar si el soldado al que proporcionó cuidados médicos ese día había sobrevivido. Le sorprendió que el peor ataque sufrido por las tropas estadounidenses durante la invasión de Irak prácticamente no hubiera tenido cobertura en EEUU, a pesar de que también resultaron heridos 15 soldados estadounidenses, mientras encontró numerosos detalles de cualquier otra baja. Descubrió, inquieto, que muchas cosas habían desaparecido de internet. “No queda nada sobre ese día. Extraña democracia en la que vivimos”, lapidó.

 

Han pasado doce años, demasiado tiempo como para desenterrar lo que pueda esconder la guerra de ese día. Si con toda su dedicación la familia de Couso no ha podido resquebrajar  los muros de la in-justicia, no sueño con abrir los del Pentágono para sacar a la luz lo que ocurriese en ese viejo almacen iraquí, transformado en sede temporal de la 2 Brigada, que Bogucki nos ha permitido visualizar con fotos de los amasijos de Humvees retorcidos por las llamas. O será quizás que ya no tengo 32 años y no me creo capaz de defender la verdad de las balas y de la guerra. A Julio nunca le faltó un chaleco, sólo le intimidó la sospecha de que la muerte le acechaba y le venció la creencia de que vendría del frente, en lugar de la retaguardia. Firmamos que asumíamos los riesgos por contar la verdad, pero la nebulosa de una muerte sembrada de potenciales mentiras no era parte del trato. Lo siento, Julio, te fallé. Quise contar la verdad de tu vida y me perdí la de tu muerte. Te quiero. Como dijo tu padre, “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”.



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