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Julian Assange y Strauss Kahn

En la pasada Asamblea General de la ONU Julian Assange y el gobierno de Ecuador organizaron conferencias via satélite con la prensa y diplomáticos de todo el mundo para granjearse simpatías y destrabar la situación que tiene al fundador de Wikileaks atrapado en la embajada ecuatoriana de Londres desde junio.

 

Allí estaba Baher Azmy, director legal del Centro para los Derechos Constitucionales, para dar fé de la brutalidad de EEUU, que practica con sus detenidos la tortura y el aislamiento en las condiciones más crueles. Nunca está de más recordarlo, pero en el caso de Assagne es irrelevante. Como admitió el propio ministro de Asuntos Exteriores de Ecuador, Ricardo Patiño, cuando le pregunté expresamente, ni Assange, ni Ecuador, ni nadie que se sepa tiene la menor evidencia de que Suecia esté reclamando su extradición con el oscuro propósito de entregárselo a EEUU.

 

Su único argumento es que Suecia no ha querido interrogar a Assange en la sede ecuatoriana, sino que insiste en que sea extraditado a su país para seguir el curso habitual de la justicia. Y si bien es cierto que ese mismo país ha optado en otras ocasiones a interrogatorios en embajadas extranjeras, dado que está vez se cuestiona su honor tiene todo el derecho a insistir en la extradición.

 

Después de todo Suecia es un país de marcada independencia que no ha demostrado ninguna sumisión a EEUU, donde se respetan las leyes y la reglas del juego democrático y donde la educación sexual y los derechos de la mujer han alcanzado cotas que ya quisiéramos en el resto del mundo. Empezando por EEUU, donde ni siquiera se llevó a juicio a Dominique Strauss Kahn, a pesar de que las muestras de ADN, el código de la llave electrónica y sus llamadas de teléfono respaldaban la acusación de que abusó de una simple limpiadora. Como su argumento era que tuvieron sexo consentido en un tiempo vertiginoso, la fiscalía decidió que era su palabra contra la suya. Y la de la pobre camarera de hotel no era fiable porque había mentido años atrás en su solicutd de asilo político.

 

Desde entonces todas las mujeres que vivimos en Nueva York estamos vendidas. Salvo que seas la Virgen María y nunca en tu vida hayas mentido, caído en una contradicción o tener amantes cuestionables, cualquier hombre puede violarte a solas y será su palabra contra la tuya, siempre más válida que la tuya, a no ser que sea negro.

 

Frente a esa repugnante realidad, Suecia. Dos mujeres distintas que admiraban su trabajo y le encontraban tan atractivo como para acostarse con él le han denunciado por penetrarlas sin condón sin su consentimiento en mitad de la noche. Y la justicia sueca está dispuesta a pelearse con medio mundo para aclarar sus acusaciones. Eso es protección, y no la vulnerabilidad en la que el caso Strauss Kahn nos ha dejado a todas.

 

Assange reaccionó todavía peor que el político francés que nos revuelve el estómago con su socilismo de caviar. El fundador de Wikileaks dijo a The Sunday Times of London que una de las mujeres le había dejado quedarse en su apartamento durante días e incluso le había organizado una fiesta, mientras que la otra aceptó una invitación para almorzar “vistiendo un jersey rosa muy provocativo, flirteó con él y se lo llevó a casa”.

 

Lo que Assange todavía no entiende es que una mujer tiene todo el derecho del mundo a flirtear con quien quiera y hasta acostarse con él sin que por eso le esté dando permiso para que la penentre a pelo mientras duerme. “¿Te has puesto algo?”, le preguntó una espantada. “A ti”, le contestó él, como si fuera un juego erótico.

 

En los tiempos en los que vivimos el sexo sin protección puede ser cuestión de vida o muerte. Todas las mujeres tienen derecho a decidir si se la juegan por placer, especialmente con un individuo cuyo patrón de conducta permite caracterizarle como un sujeto de riesgo.

 

Hasta ese momento yo misma admiraba al hombre que había desafiado a EEUU para mostrar los vídeos grabados desde un helicóptero militar que ametralló a civiles y periodistas, amén de millones de documentos que han puesto al descubierto la hipocresía del mundo.

 

Pero mi simpatía se desvaneció cuando se envolvió en la bandera de la libertad de expresión para evitar responder ante la justicia de un país que llama “el Arabia Saudí del feminismo”. Assange no respeta a las mujeres y por lo tanto a mí él no me merece el menor respeto. Si de verdad fuera el caballero que nos hizo creer destapando secretos de estado se hubiera presentado él mismo ante el tribunal de Suecia para aclarar el caso y pagar por ello como un hombre, si es que así lo decide un juez.

 

Por eso, señor director legal de Centro de Derechos Constitucionales, guarde sus denuncias contra la tortura para esos miles de detenidos anónimos a los que EEUU atormenta impúnemente. Y, usted, señor ministro de exteriores ecuatoriano, no corrompa esa apreciada tradición de servir de refugio para los perseguidos protegiendo a un violador y robando la oportunidad de hacer justicia a las dos jovenes suecas que tuvieron el valor de denunciarle.

 

Como Londres no reconoce el asilo político que le ha concedido Ecuador y amenaza con detenerle en cuanto ponga un pie en la calle, Assange puede pasarse años encerrado en ese piso de lujo a espaldas de los almacenes Harrods. Probablemente más de lo que hubiera pasado en prisión si le hubieran declarado culpable por haber caído en “un nido de avispas feministas”, como le llama. Él se lo ha buscado. FIN



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